martes, 20 de agosto de 2013


El viaje


Doce horas después de dejar Lima, llegué a París, en donde me pude quedar un día entero mientras esperaba la salida del vuelo que, al día siguiente, me llevaría a Riyad. En la Ciudad Luz tuve dos encantadores anfitriones amigos de mi esposo: Catherine y Giorgio (ella, peruana; él, italiano), un matrimonio que, además de su casa, me ofreció un precioso tour parisiense, el cual me dejó maravillada: la torre Eiffel (de noche es para llorar por lo hermosa que es), el Arco del Triunfo, Notre Dame, La Bastilla, El Sena, y demás lugares, callecitas y maravillas que tiene París. El día se hizo generosamente largo, pues el sol me hizo el favor de permanecer en el cielo hasta cerca de las 9pm o 10 pm. Fue perfecto. Terminamos la noche con una exquisita cena de cuatro en un restaurante que otro encantador amigo peruano sugirió. Esa fue una cena magnífica, inolvidable, acompañada por tres personas que me ofrecieron su tiempo y su calidez casi sin conocerme: Puedo decir definitivamente que eso fue lo mejor de París.




Pues no me han pagado por decir esto (de hecho, no me pagan por decir nada), pero encontré el servicio de Air France realmente buenísimo. Me daban en la yema del gusto en casi todo. Lo único que me desesperaba era el deficiente inglés de las azafatas y azafatos (¿se llaman así?). Yo siempre creí que quienes trabajan en aviones hablan por lo menos tres idiomas sin problema, pero los de mi avión eran puro francés y un inglés medio cojo e impresionantemente afrancesado ("mote", le dicen?). Lo sufrí especialmente cuando, durante el vuelo de París a Riyad, me percaté de que había dejado que se lleven mi bandejita de comida con los retenedores que mi querida amiga y dentista me había dado en Lima. Pues que me los quito para comer, los envuelvo en una servilleta y luego meto esta en el vaso (lo peor es que lo hice pensando en que debía recordar sacarlos de allí). Cuando me percaté del descuido, salí disparada hacia donde había visto que se llevaban los carritos de comida: “Necesito a alguien que hable castellano!”… Ahí estaba yo, revisando, una por una, la enorme pila de bandejas consumidas, esperanzada en encontrar la que tenía en el postre una cucharita clavada (el postre no me había encantado, así que sólo le di una probada y le dejé la cucharita clavada), con ayuda de uno de los sres del avión “¿This one?...No, ¿This one?...No…”. Hasta que la encontré. Chan! Hay que tener suerte, eh!. Volví a mi asiento satisfecha a terminar de ver mi película argentina.
 Eran aproximadamente las 9pm. “La suerte en tus manos” estaba por terminar en mi pantalla cuando una voz anunció que habíamos llegado a Riyadh. Mi corazón se congeló de golpe. Abrí la pequeña ventana y pude ver las primeras luces de la ciudad. Ese fue el único momento en que mi sorprendente capacidad para ahogar las lágrimas desde que salí de Lima se fue a la porra. Empecé a sollozar sin poder parar: Allí estaba Riyad… Después de tanto tiempo de espera, yo estaba en Arabia también e iba a poder vivir al lado de Diego, mi esposo. En ese momento agradecí que el avión viniera súper vacío y que no tuviera a nadie cerca. Sólo pude controlarme unos minutos después, cuando pensé en el hecho de lo horrible que iba a verse mi cara si seguía llorando así: Mi esposo debía verme feliz, así que opté por cerrar la ventanita (porque de otra forma no paraba).
Cuando ya iniciábamos el aterrizaje, volví a asomarme al cielo y entonces tuve la visión que, puedo decir, ha sido la más hermosa de mi vida: Una gigante y perfecta red de oro se extendía en el medio de la oscuridad…Ustedes tenían que haberla visto... formaba cuadrados y rectángulos de diversos tamaños, los cuales se engarzaban con maestría; era como un tejido de oro puro, detallado, impecable… digno de los trabajos manuales de los grandes antepasados peruanos. Mi boca se quedó, literalmente, abierta; me volví creyente durante esos segundos… “Oh, por Dios…”. Recuerdo haber pensado que todas las personas del mundo tienen el derecho de ver desde el cielo esa maravilla que es Riyad de noche.
 Cuando finalmente descendimos del avión, allí estaba él. Lo habían dejado pasar Migraciones para recibirme a la misma bajada del avión. Estaba de pie, con su enorme sonrisa y un gran ramo de rosas rojas y, sobre todo (y eso era lo más conmovedor para mí), puntualísimo. Ya estaba avisadísima de que no podía lanzarme a sus brazos, pues las costumbres aquí no permiten ese tipo de manifestaciones de cariño en público, así que sólo nos dimos un beso en la mejilla y nos abrazamos por unos segundos. A mi ramo de rosas le siguió el segundo regalo: mi primera abaya (esa túnica negra con la que todas las mujeres, musulmanas o no, deben cubrirse el cuerpo cuando están en sitios públicos). Debía ponérmela en el acto. Fue cuando mi cerebro activó la primera alerta que, en este país, seguro que va a volverse algo que me salvará de mil embrollos: “Peligro”. Le dije a Diego que no podía ponérmela sobre el saco que llevaba puesto, que iba a tener que quitármelo, pero que el problema era que tenía un polo sin mangas debajo. Nos miramos con ojazos… “Ya fue. Quítate el saco y ponte la abaya al toque”. Así lo hice. Me sentí la mujer más observada del aeropuerto... me sentí estúpidamente desvergonzada!, pero mis manos se movieron con rapidez para entrar en esa oscura túnica.
Lo demás se dio en cosa de minutos. Luego de pasar por Migraciones y recoger mis dos  maletas moradas, salimos del pequeño aeropuerto para subir al auto que nos esperaba. Fue poner un pie en la calle para sentirme ferozmente “atacada” por un aire caliente que, enseguida, me resecó los labios. Era increíble pensar que un ambiente así era natural; se sentía como si tuvieras el rostro a dos centímetros de uno de esos hornos en que da vueltas el pollo a la brasa (sólo que sin ese olorcito tan rico).  Una vez en el auto  y ya envueltos en su aire acondicionado, el extremadamente amable driver nos llevó por las calles de Riyadh directo a mi nueva casa.
Así fue, en resumidas cuentas, como llegué a Arabia Saudita la noche del viernes 19 de agosto. Así empieza la aventura árabe!


6 comentarios:

  1. Ok debi leer este primero para entender lo de la abaya :P ejejeje

    ResponderEliminar
  2. Jajaja... Yo también debí leer primero este post, pensé que abaya era algo así como una ventana :P

    Saludos Libe :)

    ResponderEliminar
  3. Yo sabia q era pero no pq lo usabas todo el dia :P

    ResponderEliminar
  4. amiga jajajaj no puedo creer q los ibas a perder llegando! jajajaja
    ahora( en mi faceta bipolar jaja) me conmoví con el sollozo previo al aterrizaje :(

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. jajaja, hubo de todo en el viaje! emociones full! Besos hasta allá, amiga mía!

      Eliminar